“No quieras ser mayor. –Niño, niño siempre”

         
No quieras ser mayor. –Niño, niño siempre, aunque te mueras de viejo. –Cuando un niño tropieza y cae, a nadie choca...: su padre se apresura a levantarle. Cuando el que tropieza y cae es mayor, el primer movimiento es de risa. –A veces, pasado ese primer ímpetu, lo ridículo da lugar a la piedad. –Pero los mayores se han de levantar solos. Tu triste experiencia cotidiana está llena de tropiezos y caídas. ¿Qué sería de ti si no fueras cada vez más niño? No quieras ser mayor. –Niño, y que, cuando tropieces, te levante la mano de tu Padre-Dios.         

La piedad que nace de la filiación divina es una actitud profunda del alma, que acaba por informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos. ¿No habíais observado que, en las familias, los hijos, aun sin darse cuenta, imitan a sus padres: repiten sus gestos, sus costumbres, coinciden en tantos modos de comportarse?

Pues lo mismo sucede en la conducta del buen hijo de Dios: se alcanza también –sin que se sepa cómo, ni por qué camino– ese endiosamiento maravilloso, que nos ayuda a enfocar los acontecimientos con el relieve sobrenatural de la fe; se ama a todos los hombres como nuestro Padre del Cielo los ama y –esto es lo que más cuenta– se obtiene un brío nuevo en nuestro esfuerzo cotidiano por acercarnos al Señor. No importan las miserias, insisto, porque ahí están los brazos amorosos de Nuestro Padre Dios para levantarnos. (Amigos de Dios, 146)